null Intervención del Presidente del Principado de Asturias, Javier Fernández
21 de junio de 2019
Premio Álvarez Margaride a la trayectoria empresarial

Una tarde de junio más les agradezco que me hayan invitado a acompañarles. A fuerza de costumbre me han convertido en un asiduo de esta especie de reunión empresarial de fin de curso que sirve para distinguir a los mejores con el premio Álvarez Margaride; en este caso, a Carlos Casanueva Varas, sobre cuyo talento caben tan pocas dudas como sobre su bonhomía. Enhorabuena por su elección y enhorabuena también a la iniciativa de la asociación Asturias Patria Querida y la entidad Sabadell Herrero, así como al patrocinio de Asturiana de Zinc, Thyssenkrupp y DKV Seguros.

En cuestión de días, a partir del 24, seré un presidente en funciones, que es un estado más de la materia: ni sólido, ni líquido ni gaseoso, sino en puro tránsito hacia la puerta de salida.

Esta circunstancia me obliga a medir mis palabras más de lo que lo hago habitualmente. Si me rindiera a la tentación escapista, me iría por lugares intrascendentes para que nadie pudiera sentirse molesto. Pero la verdad es que no quiero situarme en ese limbo, que resultaría impostado y artificioso. Así que prefiero volver a abordar, una vez más, los desafíos de Asturias, que son, por lógica, los desafíos que ustedes comparten.

No obstante, hoy pretendo hacerlo de manera diferente. Hace pocas semanas, en la asamblea de la patronal FADE, expresé mi inquietud por la transición energética y la financiación autonómica. Si descontamos el declive demográfico, que sólo puede revertirse a medio o largo plazo, son dos cuestiones decisivas para el futuro inmediato de nuestra comunidad autónoma.

Sé que ambos asuntos, la financiación y la descarbonización, son dos clásicos en mis intervenciones. Lo siento por quienes ya los den por despachados, pero me temo que protagonizarán la agenda asturiana largo tiempo. Va a ser una serie de programación obligada durante muchas temporadas. Además, estos siete años en la Presidencia me han enseñado que anticipar los problemas vale bien poco. No me refiero a resolverlos antes de que se planteen, que es muy meritorio, sino a anunciarlos. Para que una cuestión, por importante que sea, concite la atención mediática y social es necesario que madure y, a veces, por desgracia, que explote. Precisamente a esa fase nos acercamos ahora. Años atrás hablábamos de peligros para nuestra industria; ahora estamos hablando de la concreción de esos riesgos en nombres y situaciones cada vez más cercanos. Espero que seamos capaces de evitar la detonación.

Pero les decía que esta ocasión intentaré aplicar un enfoque diferente. Porque caben múltiples perspectivas. Por ejemplo, podríamos entrar en detalles sobre la potencia del complejo ecológico-industrial que maniobra legítimamente a favor de sus objetivos en España y en la Unión Europea. Les invito a analizar cuántos y cuáles son los intereses empresariales que funcionan como catalizadores de la descarbonización. Ese rápido salto al verde de algunas compañías, principalmente eléctricas, tiene menos que ver con el enfriamiento del planeta que con el calentamiento de sus cuentas de resultados. A esos efectos, lo bueno, si verde, dos veces bueno. Ser conscientes de esta realidad no le convierte a uno en un sospechoso de negacionismo; desde luego, yo no lo soy.

También tendría sentido reflexionar sobre las derivadas geoestratégicas de una apuesta que la UE lidera en solitario. Lo que digo no es tan ajeno ni tan lejano. El encarecimiento de los derechos de emisión está favoreciendo la importación de productos de terceros países, beneficiarios de un triple dumping: social, fiscal y ambiental. Lo que sucede con la siderurgia es una prueba evidente. Por cierto, recuerdo que con la que está cayendo la UE prevé elevar el contingente de importaciones. Por no arriesgarme a comentar, que podría sonar pretencioso, los efectos a escala internacional de una brusca caída del consumo de combustibles fósiles.

O cabría extenderse sobre la potencia política del discurso medioambientalista, tan fuerte que ha fracturado la izquierda en algunos países y que se ha convertido en uno de los vectores más vigorosos de movilización del voto joven en Europa. Tiene toda la lógica que un partido socialdemócrata aspire a aglutinar la inquietud ecológica para evitar que la identidad verde se convierta en una poderosa competidora en el mercado electoral.

Caben, ciertamente, múltiples aproximaciones, y no debería extrañarnos. Es lo propio de los problemas complejos y éste lo es sin duda, y a todos los niveles. ¿Por qué vamos a negarle complejidad al reto de cambiar el modelo de desarrollo que ha vivido la humanidad desde la primera revolución industrial? No lo simplifiquemos, no caigamos en el infantilismo que lo reduce a una disputa binaria entre defensores del futuro y guardianes del pasado. Analicemos pros y contras y jerarquicemos nuestras prioridades.

Lo mismo pido respecto a Asturias. En realidad, he dado un cierto rodeo para llegar a este punto. La gran mayoría de ustedes son empresarios y han afrontado dificultades en sus compañías. Imagino que cuando viven esos episodios, identifican los problemas, los ordenan en función de su importancia y valoran también la capacidad de la empresa para superarlas.

Como presidente del Principado, he hecho esa tarea muy a menudo, casi a diario. En la presidencia, la dificultad es una compañía cotidiana. Mi diagnóstico es público y conocido. Permitan que lo reitere: Asturias participa de la recuperación económica nacional, cuenta con recursos importantes y puede asegurarse un futuro esperanzador si encauza tres desafíos: el declive demográfico y los dos que ya he comentado, la transición ecológica y el modelo de financiación.

Esa es mi síntesis. No les pido que la compartan, pero sí que mediten sobre ella. Con ese objetivo, les propongo que nos hagamos algunas preguntas juntos. ¿Qué otros desafíos están a esa altura? Pensemos en algunos. Desde luego, y a riesgo, casi con certeza, de estar en minoría, si no completamente a solas en esta reunión, no creo que el problema radique en los niveles de imposición patrimonial en nuestra comunidad, aunque se me antoja tan urgente como necesaria una cierta armonización tributaria que evite al aún muy imperfecto federalismo español precipitarse por la pendiente de una competencia fiscal incompatible con los desequilibrios de renta y riqueza que caracterizan nuestra estructura territorial.

Tampoco pienso que las comunicaciones, con todos sus retrasos y carencias, con su endémica literatura del aislamiento, estrangulen el desarrollo de Asturias. Menos aún si disponemos la alta velocidad ferroviaria para mercancías y pasajeros en el plazo previsto. Entonces seguiremos padeciendo otros inconvenientes serios, como los que afectan a la red de cercanías ferroviarias, pero contaremos con una excelente herramienta a favor de la competitividad de los puertos de Gijón y Avilés.

Podría seguir con otros ejemplos. He elegido dos de los que más se manosean con un propósito: rechazar esa especie de olla podrida que se cocina habitualmente, y que consiste en echar al puchero en igualdad de condiciones todos los ingredientes que se ponen a mano para presentar al final un piélago de desastres. Aunque no soy empresario, y sospecho que tampoco lo seré después de mi jubilación política, a mí jamás se me ocurriría hacer tal planteamiento para fortalecer mi compañía. La apología del pesimismo ha producido bastante filosofía y suele tener muy buena prensa, pero nunca ha permitido superar los obstáculos, ni los grandes ni los mínimos.

Cuando describamos los problemas de Asturias, jerarquicémoslos y sopesemos la incidencia de cada uno. No comparemos la del peaje del Huerna, que continuaremos pagando durante años a causa de una infausta decisión, con la repercusión de la financiación autonómica. En el primer caso debemos protestar por un agravio comparativo, injusto, que afecta a la competitividad, por supuesto, pero en el segundo, hablamos de un modelo decisivo para mantener la sanidad, la educación y los servicios sociales. La diferencia de escala entre ambos asuntos es palmaria.

Y, por volver al caso empresarial, valoremos nuestras capacidades, las ventajas con las que cuenta Asturias: la potencia exportadora, la cultura industrial, los ejercicios continuados de crecimiento económico, la mejora progresiva de la oferta de formación profesional, la de desarrollo turístico, la calidad de los servicios públicos…

En todo caso, ya he advertido que no pretendo que compartan mi diagnóstico. De hecho, no he intentado persuadirles. Tampoco pido que se nieguen o que se oculten los inconvenientes, algo que sería completamente inútil. Mi ambición es más limitada: tengamos claros cuáles son los principales problemas, los que de verdad ensombrecen nuestro futuro, y procuremos abordarlos juntos, sabedores de su importancia y de su complejidad. Esos son los que necesitan grandes pactos, acuerdos políticos y sociales amplios en Asturias, alianzas con otras comunidades y la comprensión y el apoyo del Gobierno central. Si esos los afrontamos bien, los demás son superables.

Carlos Casanueva es hoy el protagonista de este acto. Sobre su dimensión empresarial, poco podré añadir. La presidencia del grupo Inter, sus más de 50 años de experiencia en el mundo de los seguros, sobran como credenciales. Sobre su filantropía, los premios Ana Casanueva desvelan por sí solos mucho más de lo que yo pueda contarles. Con Carlos estamos ante una de esas biografías reveladoras: basta con leerla para reconocer su iniciativa emprendedora, su humanidad y su compromiso con Asturias, la tierra de sus abuelos. Como presidente del Principado, es algo que debo agradecer pública y abiertamente. Cuando pensemos en las dificultades que encara nuestra tierra, recordemos también que contamos con personas como él.

 

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